El
gusano barrenador de las meliáceas, Hypsipyla grandella
(Lepidoptera: Pyralidae), es posiblemente la principal plaga forestal
en América Latina y el Caribe. Ello obedece a su bajo umbral de
tolerancia (con apenas una larva en el brote principal de un árbol el
daño resulta severo); a su especificidad sobre la familia Meliaceae,
que incluye árboles de maderas preciosas, como las caobas (Swietenia
spp.) y los cedros (Cedrela spp.); y a su muy amplia distribución
geográfica, que comprende desde Florida (EE.UU.) hasta Argentina,
incluyendo las islas del Caribe.
La
alta incidencia y gran severidad comúnmente observadas en el campo,
han imposibilitado el establecimiento de plantaciones con dichas
especies, a pesar de amplios y ricos esfuerzos de investigación para
buscar métodos para su combate. Estos han incluido al mejoramiento
genético, las prácticas silviculturales, el control biológico y el
combate químico. Aunque la falta de métodos realmente eficaces y de
bajo costo ha causado gran frustración entre los productores y los técnicos
forestales, se debe reconocer que hoy existen algunas opciones
innovadoras, que podrían hacer factible un manejo sostenible (en términos
económicos y ambientales), de dicha plaga.
Por
tanto, en esta ponencia se discuten las perspectivas para el
desarrollo de un enfoque preventivo, en el contexto del manejo
integrado de plagas (MIP), basadas en un marco conceptual previamente
planteado por el autor. Asimismo, se reseñan los avances logrados por
el autor y su grupo de colaboradores en años recientes, tal y como se
enumera a continuación:
1.
Debe reconocerse que la primera línea de defensa contra esta plaga
consiste en el empleo de métodos basados en las defensas intrínsecas
de los árboles individuales. Al respecto, varios investigadores del
CATIE han documentado que hay varias procedencias de cedro y caoba que
responden al ataque de H. grandella con apenas uno o unos pocos
rebrotes, recuperándose rápidamente de éste. Por tanto, actualmente
ellos realizan esfuerzos para seleccionar estos materiales genéticos
promisorios y reproducirlos clonalmente, mediante técnicas de cultivo
de tejidos, que permitan su producción y distribución masiva.
2.
En el campo, es necesaria la creación de un silvosistema robusto,
mediante la combinación de varias prácticas silviculturales, como la
calidad del sitio de siembra; el aporte de sombra lateral; y la
diversificación con plantas silvestres.
Sobre
las dos primeras prácticas en la literatura abundan ejemplos de
experiencias valiosas, aunque un poco fragmentarias. Puesto que se
sabe que la presencia de sombra lateral promueve un rápido
crecimiento vertical (lo que permitiría superar rápidamente el período
crítico), actualmente el autor y su grupo investigan si las
plantaciones mixtas, incorporando hileras de árboles de especies aromáticas
(repelentes) entre las de caobas o cedros, aportarían un efecto
adicional a la sombra; dichas especies incluyen al nim (Azadirachta
indica) y la caoba africana (Khaya ivorensis).
La
tercera práctica, que es la diversificación de las plantaciones con
plantas silvestres, tiene como objetivo que éstas aporten refugio y
alimento (néctar), para que las hembras de los parasitoides aumenten
su fecundidad y longevidad, y así se incremente el control biológico
de la plaga. Aunque la siembra de caoba o cedro en tacotales podría
permitir que las malezas ahí presentes cumplan esta función, es
preferible seleccionar plantas específicas, con base en sus
afinidades con ciertas familias de parasitoides, documentadas para
otros cultivos. Por ejemplo, actualmente se investiga si especies como
Melanthera aspera (Asteraceae), Urena lobata (Malvaceae) y Cassia tora
(Fabaceae) podrían favorecer a varias especies de parasitoides, con
énfasis en los que atacan huevos (Trichogrammatidae) y a otros que lo
hacen sobre larvas (Braconidae) de H. grandella. De resultar cierto
esto, se propondría incorporar dichas plantas en las plantaciones, ya
sea en hileras o en reductos (“parches”).
3.
Adicionalmente, es preciso diseñar un sistema de predicción del
riesgo, para aplicar medidas supresivas antes de que se presenten los
picos poblacionales. Esto se podría lograr mediante el método
grados-día (cantidad de temperatura acumulada, necesaria para que la
población del insecto exprese ciertos fenómenos, a partir de una
fecha predefinida). Se ha determinado que en Turrialba, a intervalos
de 1881 grados-día hay un pico poblacional de H. grandella.
Actualmente se trabaja en la síntesis de la feromona sexual de la
hembra, lo cual eventualmente permitiría utilizarla en trampas de
feromonas y facilitar la detección de estos picos.
4.
Una opción importante es abatir la población de la plaga
precozmente, desde el establecimiento mismo de la plantación,
mediante la captura intensiva de machos con trampas de feromonas. Esto
permitiría abortar el foco inicial de la plaga, que normalmente está
constituido por pocos individuos adultos, evitando que la plaga se
establezca y propague. En realidad, H. grandella es una plaga que
normalmente presenta bajas densidades, tanto en la naturaleza como en
las plantaciones forestales. La alta incidencia y severidad comúnmente
observadas obedece más bien a su bajísimo umbral de daño (apenas
una larva por brote principal) y a que la hembra normalmente deposita
sus huevos en grupos de 1-3 por árbol, por lo que bastan pocas
hembras para infestar toda una plantación.
5.
Finalmente, si las opciones anteriores no fueran totalmente eficaces,
cabría la posibilidad de concentrar las medidas de manejo durante el
período crítico (cuando el impacto del ataque es más perjudicial
económicamente), lo cual por lo general corresponde a los primeros
tres años de una plantación, hasta que los árboles alcancen unos 6
m de altura. Dichas medidas podrían ser preventivas sensu stricto,
como las sustancias repelentes o disuasivas, o curativas, como las
podas. En otros casos, podría considerarse la utilización de
bioinsecticidas.
En
el primer caso, las sustancias repelentes evitarían que las hembras
se acerquen a los árboles, o las disuadan de ovipositar; o, también,
que disuadan la alimentación o el desarrollo de las larvas. Aún no
se cuenta con sustancias repelentes de H. grandella, pero algunas sí
disuaden a las larvas, como sucede con los extractos alcohólicos de
hombre grande (Quassia amara, Simaroubaceae) y de
ruda (Ruta chalepensis, Rutaceae). Cuando éstas se aplican
sobre los brotes de la caoba y cedro evitan que las larvas se
alimenten de éstos y mueren por inanición. Sin embargo, sería
deseable aplicar estos materiales al suelo en el momento de
trasplantar los arbolitos, para lo cual habría que formularlos como
productos de liberación controlada, para así aumentar su duración y
efecto; el autor y su grupo han demostrado la capacidad de estos
productos para desplazarse de manera sistémica dentro de los árboles.
En
relación con las podas, varios investigadores del CATIE han
demostrado su funcionalidad, pero se sigue evaluando su viabilidad
económica. Se pueden efectuar podas sanitarias en árboles con
ataques recientes, para eliminar mecánicamente la infestación y
dejar un corte impecable, que cicatrice fácilmente y permita la
brotadura rápida. Además, puede haber podas de formación, las
cuales se aplican a árboles con daño más viejo, con bifurcaciones,
para seleccionar el mejor brote.
Finalmente,
en cuanto a bioinsecticidas, el autor y su grupo han demostrado que
los extractos de la semilla del árbol de nim (Azadirachta indica,
Meliaceae) matan a la larva de H. grandella, actuando por toxicidad o
como regulador de crecimiento. Aunque, en teoría, tienen varios de
los inconvenientes del uso de insecticidas convencionales para el
combate de H. grandella, por ser ambientalmente benignos y, si se
utilizan para suprimir picos poblacionales, podrían representar una
valiosa herramienta.
En
síntesis, estos avances, aunque preliminares, son promisorios. No
obstante, debiera persuadirse a las instituciones relacionadas con los
campos forestal y agroforestal, así como a organismos donantes, para
asignar recursos humanos y financieros a la profundización de las
opciones aquí descritas y de otras que se podrían proponer. Tal
profundización quizás debiera enfocarse hacia la integración de
estas opciones y a su validación, para determinar su factibilidad
operativa y económica, bajo condiciones comerciales, en el campo.